Textos y literatura

Mi Venus personal

Ella soporta de pie los sucesivos embates de Ellos (la maquilladora, el estilista, y un sinfín de manos, salidas de quién sabe dónde). Se moja los labios, enrojecidos de tanto apretar y soltar, y de cuando en cuando se muerde la comisura con disimulo. Ladea el rostro sólo cuando se le indica. Por lo demás, mueve los ojos, aguzando la mirada, haciendo aparecer esas arruguitas en el nacimiento de la nariz que muchos le celebran. Mejillas encendidas que luchan por seguir así, a despecho del frío que Ellos se esfuerzan en mantener. El cabello, más que ondulante, serpenteante, acaricia el viento, quien a su vez acaricia cada centímetro de su piel expuesta a totalidad. Está entrada en carnes, y sume el vientre, aunque nadie se haya quejado hasta el momento.
 
Él también está entrado en carnes. Los muslos del jean parecen estar a punto de reventar. Suda. Los rizos están permanentemente húmedos, pese al frío reinante. Sostienen la cámara dos gruesos brazos, con vellos que intentan escapar hasta por debajo del reloj, cayendo sobre los nudillos. Desde que se inició la sesión sólo mira a través del réflex. Se mueve alrededor de Ella con firmeza, apoyando a ratos los pies con poderoso empuje, a ratos deslizándose con una naturalidad casi felina, se inclina con el desparpajo de quien posee dos sentaderas firmes y grandes. Menea la pelvis, sonríe mientras Ella está sola, y gruñe entre dientes cuando Ellos se entrometen. Dispara tras lapsos de tiempo irregulares.
 
Ellos, vistos de reojo -y es la única manera como deben ser vistos, nunca de frente- parecen ser una negra en colores chillones, regando aroma a café, tabaco y Chanel –como la canción- lo que podría emparentarla más con alguna puta de puerto que con la maquilladora que dice ser, y un estilista delgado hasta la anorexia, en quien resalta una correa de enorme hebilla que pareciera estrangularle la afectada humanidad en dos. Asomados cual serafines por sobre el escenario se adivinan las cabezas de los luminitos. Del resto, ni merece extenderse en detalles, de tan anónimo que resulta el conjunto. Sólo cabe mencionar que como hormigas, se afanan en sus tareas: mantener el aire frío y con esto pálida la piel de Ella, y tener agitado el mar a sus pies.
 
Ella se sigue mordiendo el labio, y Él le susurra –una y otra vez- que no lo haga, mientras sigue girando. Los delicados pies intentan sin mucho éxito apoyarse en la resbaladiza valva, y el agua se agita en jabonosas mezclas hasta formar espuma. El sexo ha sido expuesto y Ella intenta cubrirse con la cabellera.
 
Dos segundos antes de perder el equilibrio y con ello iniciar el caos, llega el disparo definitivo. Ya es inmortal.
(20 de Febrero de 2003)

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