Textos y literatura

María Elena y yo.

    Ella seguía hablando, mejor dicho, sus labios se movían.  O eso parecía pero yo no podía escucharla.  Tal vez no se daba cuenta de lo que pronunciaba. Yo sólo estaba de pie y en silencio ante ella, mientras mis ojos escapaban por la ventana del fondo, perdiéndose en el panorama de nuestra Lima crepuscular.  Un enorme cerro amenazaba en la lejanía, con su ominosa masa oscura cayendo sobre la ciudad, y no recordaba haberlo visto antes.  No existe tal cerro en ese lugar, lo sé, nunca lo hubo, pero esa tarde estaba ahí, y mientras nos robaba al sol, me di cuenta que el final estaba cerca.

De un momento a otro vendría la llamarada desde esa dirección, así que mientras María Elena seguía moviendo los labios, yo pensaba desesperadamente en cuál sería el mejor lugar de la oficina para cubrirme del fuego.  Imaginé la escena, casi cinematográfica, una ola blanca y brillante que vendría en cámara lenta, avasallando los edificios con gran estruendo.  Sin embargo, las estructuras permanecerían incólumes, ningún objeto sería dañado, sólo nosotros desapareceríamos.  No, “nosotros” me incluía, y yo planeaba escapar de esa muerte.

¿Debería salvarla también?  ¿Se lo merecía?  ¿Y si no hubiese tiempo suficiente para abalanzarme sobre ella y lanzarla al piso conmigo?  A lo mejor ni siquiera sería capaz de romper el respeto que nos separaba.  Imprescindible se me antojaba destruir el hielo entre nosotros antes de atreverme a tocarla.  Traté de concentrarme en un punto fijo, sí, sus ojos, pero no soporté por mucho tiempo.  Ella podría entender en mi pánico y gesto urgente que su voz ni siquiera salía de su garganta, o se espantaría pensando que la ignoraba.  Opté por mirar sus pies, sobresaliendo bajo el escritorio, pero deseché la idea porque necesitaba vigilar la ventana para el momento en que viniese el resplandor.

Entonces sucedió.  El aire empezaba a hacerse muy delgado y un sonido hosco surgió de mi pecho.  Como arañando, nuevos dedos surgieron entre mis costillas, rompiendo la piel, perfilándose bajo la camisa, empujando la tela y tratando de arrancar los botones.  En tanto que yo me aferraba a los brazos del sillón, veía mi esternón ceder ante el impulso de las nuevas manos que luchaban por salir de mi pecho, con sendos brazos tras ellas, y mientras el disfraz seguía soltando sus ataduras, María Elena continuaba su discurso, sin reparar en mí. Su mirada estaba por sobre mi cabeza, e iba subiendo lentamente, hasta casi poner los ojos en blanco, como una de esas vírgenes dolorosas que escrutaban mis pesadillas de niño.

Cuando el resplandor iluminó las paredes supe que el tiempo había terminado.  Me puse de pie, desnudo y ensangrentado, y extendiendo las alas entumecidas me abalancé sobre el tablero.  La abracé con fuerza y juntos salimos por la ventana.  Abajo, los autos seguían moviéndose por inercia, estrellándose unos contra otros y contra los postes.  Miré hacia el edificio, y a través de los cristales observé por última vez mi antiguo cuerpo, abierto de arriba hasta abajo como un viejo abrigo, entre los muebles revueltos.

Me la llevé a toda prisa, huyendo de la luz a nuestras espaldas, mientras Lima se quedaba sin gente, perros ni palomas.  Sólo María Elena y yo, volando en línea recta hacia la cordillera. Ella no dejaba de hablar y hablar, sin darse cuenta de que yo seguía sin escucharla.

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2 comentarios en “María Elena y yo.

  1. ¿es una vaca?…(lo del muñekito antiestres..)yo tengo una jejeje, yo no tengo espacio aún pero me ha gustado mucho el tuyo, yo tambien soy aficionada a la escritura y una buena amiga en sevilla que hace tres años que no veo… te dire que soy de San Sebastian (guipuzcoa) una cuidad con encanto como tantas otras…Madrid es una de ellas. Bueno seguire visitando tu espacio agur muxus

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