Textos y literatura

Lapidarias de Saramago

    "La Iglesia, señor primer ministro, está de tal manera habituada a las respuestas eternas que no puedo imaginarla dando otras (…) Desde el principio no hemos hecho otra cosa que contradecir la realidad, y aquí estamos (…)
    A la iglesia nunca se le ha pedido que explicara esto o aquello, nuestra especialidad (…) ha sido neutralizar, por la fe, el espíritu curioso"
 
   Eran las tres de la madrugada cuando el cardenal tuvo que ser trasladado a todo correr al hospital con un ataque de apendicitis aguda que obligó a una inmediata intervención quirúrgica. Antes de ser succionado por el túnel de la anestesia, en ese instante veloz que precede a la pérdida total de la conciencia, pensó lo que tantos otros han pensado, que podía morir en la operación, depués recordó que tal ya no era posible, y, finalmente, en un último detello de lucidez, todavía se le pasó por la mente de que si, a pesar de todo, muriese de verdad, eso significaría que habría, paradójicamente, vencido a la muerte. Arrebatado por una irresistible ansia de sacrificio iba a implorar a dios que lo matase, pero no llegó a tiempo de poner las palabras en orden. La anestesia le ahorró el supremo sacrilegio de querer transferir los poderes de la muerte a un dios más generalmente conocido como dador de vida.
 
(Las Intermitencias de la muerte, José Saramago, 2005)
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