Textos y literatura

Una Dulce Espera

      Va riendo por el pasillo, hasta alcanzar la puerta exterior. Una inútil carrera de tacones retumba tras él. La mujer se detiene, cansada, y retorna al consultorio.
   "Se ha ido" anuncia la enfermera. El médico se guarda las gafas en el bolsillo, y suspira, agotado.
      Afuera, Marcos no sale aún de su asombro. Va sonriente por la calle, vacilante, arrastrando un paso tras otro, en tanto las personas alrededor, ignorantes, siguen su camino. Una chica lo mira burlona; un policía se fija con detenimiento en su bufanda arco iris y con gesto de desagrado le da la espalda.
     ¿Cómo pudo pasar? Jamás se le pasó por la mente algo así. Se siente en una especie de limbo, mientras los rostros cruzan deformados en burbuja ante sus ojos, en lente gran angular. Sigue así, mientras las horas avanzan con lentitud. En las manos, el papel con los resultados asoma estrujado. Decide guardarlo –como sea, es histórico-, así que se sienta en una banca y con esmero lo dobla, alisándole las arrugas. Mientras lo guarda en el billetero, observa con atención a una pareja a diez metros, paseando un cochecito. Ella permanece serena, las mejillas sonrosadas, mientras hurga en el maletín de su compañero. Éste con gestos tontos y mirada feliz, balbucea hacia el interior del coche. De seguro el pequeño está alargando los brazos hacia el extraño asomado a su cotidiana porción de cielo.
     Desvía el rostro de la pareja. No hay envidia, pero sí preocupación. Ya hasta había olvidado cómo era todo eso.  Ha decidido que será por medios naturales, como debe ser. Nada de medicamentos, ni pastillas, ni engorrosos exámenes médicos que sólo le quitarán tiempo y dinero que podría dedicar a mejores causas.
Eso sí, tendrá que comprar ropa nueva, al menos para los primeros meses, para que no se note su estado. Pasa por una tienda de damas, pero descarta la idea enseguida, deliciosamente divertido ¡Algo más sobrio por favor!
     Cae en cuenta que tendrá que dejar los estudios, dado que no se puede seguir sometiendo a tanto trajín. Además, necesitarán el dinero, ya que Carlos –su pareja– aún no encuentra trabajo.
    Llega a casa, cansado, tras un día entero de caminar. Va al refrigerador y descarta un pedazo de pollo frito, a favor de una taza de yogur. Toma una manzana y procede a pelarla y picarla en cuadros pequeños. El cuchillo tiene la punta rota desde la semana pasada. Marcos no quiere acordarse de esa noche. Aún no encuentra el pedazo faltante de metal. Esa noche no, por favor. El afilador de cuchillos lo miró con sorna ayer. Nadie debe enterarse de la otra noche. El cuchillo era nuevo, mamá se lo regaló. Esa noche no, otra noche no, por favor Carlos, no hagas eso, déjalo en su sitio, te lo juro, no vuelve a pasar, no me toques, deja el cuchillo, déjalo, déjalo.
     Se ha cortado la yema del anular. No le importa, echa la fruta y la mezcla en un recipiente con el yogur.  Dos hebras de sangre son sepultadas por líquido y cereal de caja. Alterna cucharadas de alimento y chupadas de su propia sangre, hasta que coagula. La televisión, muda compañera, sigue disparando imágenes sobre las paredes.
     Quisiera poner un poco de música en la minicadena, pero el parche limpio sobre el mueble le recuerda que Carlos la ha cambiado por algunas dosis. Al menos eso lo mantiene tranquilo, y en las noches –porque alguna noche a la semana viene a dormir y echar un polvo– le volverá a asegurar que en breve le comprará una mejor. Y Marcos volverá a creerle, y se dormirá acurrucado entre sus brazos.
     Se ha puesto de pie, y frente al espejo, se pregunta cómo será su cuerpo cuando empiecen a notarse los cambios. Se quita la camisa, se palpa los brazos. De perfil se observa el vientre y sus manos lo recorren con suavidad, hasta detenerse ambas, casi al mismo tiempo, en el ombligo. Quiere el panorama completo. Se baja los pantalones, sigue tocándose el vientre, la pelvis, los muslos. Se imagina dentro de un cubo, girando en 360 grados, mientras se abraza a sí mismo.
     ¨Ese tío no te quiere¨ repite incansable Mariana en la memoria, molesta, tras un eterno humo de tabaco. Ella también pasó por esto, recuerda con repentino regreso de felicidad y corre al teléfono. Hay tanto por hacer. Comida, ropa, dinero, cuenta en el banco. Debe poner muchos papeles en orden, sólo que en éste caso será más difícil, porque en este puto país dos hombres no pueden casarse. Ha marcado mal el número, otra vez…..¿terminaba en 78?  Nadie responde del otro lado. Intenta con ¨98¨ ahora. Tampoco. Corre por su libreta de apuntes. Sí, terminaba en ¨98¨. Intenta de nuevo, y sólo un ruido contesta. Cuelga molesto. El dedo vuelve a sangrar. Mientras lo chupa regresa al espejo y sigue mirándose.
     Una idea vuelve a abatirse sobre él….¿y si Carlos no es el….? No puede ser. Construye mentalmente un calendario, hace cálculos, visita fechas. Sólo tú, Carlos, sólo tú, nadie más. Ahora a buscar la manera de decírselo, y de convencerlo también de que sólo puede ser de él, que hace mucho que no se acuesta con otro, y que aunque esto estaba fuera de los planes de ambos, tendrán que asumirlo con responsabilidad. La suegra se lo hubiera agradecido, de seguir con vida. Su muchacho al fin sentará cabeza y empezará una existencia ordenada.
     Lleva sólo camiseta y medias de lana. Se ha quedado dormido, acurrucado, dando la espalda a la entrada. Despierta cada media hora y se queda mirando a la pared. Carlos no llega aún. Siente frío, pero no usa la frazada. Prefiere esperar a ser abrigado por él…
 
 
     3:00 AM. En un punto fijo de la pared, la penumbra se condensa y se hace sombra, delatando la llegada de Carlos. Los pasos torpes, tufo de alcohol, el piso de madera rechinando, la respiración entrecortada, un cuerpo moviéndose pesadamente por la habitación: es él. Sonidos en el mueble del fondo, un chasquido y el arrancar con fuerza un enchufe del tomacorriente.
     Marcos ansía abrir los ojos por completo, voltearse y mirarlo, pero no se atreve. Quisiera decirle que deje el televisor en su sitio, que no se lo lleve, que mañana –hoy, cuando amanezca– le buscará algo de dinero, pero sabe que en estos momentos no entenderá razones. Lo escucha depositar el aparato en el piso. La puerta deslizante del armario se queja. Debe haber tomado una sábana para envolver el botín. Más respiración. Sólo eso. Se ha ido. La puerta se cierra con fuerza tras él, con el ruido de tres golpes de cerradura como epílogo. Lo ha dejado encerrado. Señal de que volverá antes del amanecer.
     Quizás no sea momento aún de darle la feliz noticia. Mejor esperar hasta que los últimos argumentos se agoten, para poder compartir con él este motivo de gozo. Y es que estarán más unidos que nunca, hasta la eternidad. Marcos se acaricia el vientre y suspira, con el tercero dentro de su cuerpo que pronto se hará evidente, y cuya llegada marcará la unión definitiva de los amantes.
     Se duerme, con una sonrisa de esperanza en los labios, mientras a muchos meses de distancia en el futuro, pequeñas manchas violáceas empiezan a reptar por la piel de ambos.
 
(JuanMa Cruz, 2002)
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4 comentarios en “Una Dulce Espera

  1. Hola, otra vez. Perdona que haya tardado en contestar tu comentario , pero ultimamente ando un tanto liada con obras en casa.
    Te digo, el atun que utilizo  para guisar es fresco , no de lata. Ese lo uso para empanadas y ensaladas. Lo de sellar no lo he entendido bien, te refieres a escaldar?… Si es asi , lo voy a probar , creo que llevas razon , que  asi perdera menos  y se conservara mas jugoso. De todos modos , yo utilizo una parte del atun que aqui llaman morrillo, la parte del cogote. Es la mejor.
    Ahora, explicame que es un halago, lo de guapa o lo de que en esa receta soy muy peruana? 😉
    Bueno, espero volver a verte por mi space pronto. Yo , por mi parte te seguire leyendo .

  2. Gracias por el comentario la verdad que evangelion es una serie de culto oye mu buena esta entrada aaaa y espero que te vaya bien con ese nuevo curro que e leido que encontraste venga saludos

  3. Siempre me queda la duda de si debo finalizar este relato con la palabra "Kaposi", no me queda claro si se entiende ése último párrafo que resuelve el absurdo.
    Gracias por tus comentarios, guapa.
     

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