Textos y literatura

Desirèe (o los fantasmas de la bisexualidad)

"…y hoy no encuentro paz. Es sólo que él no está aquí.  Ella lo intuye, o al menos eso he querido creer, entre mis molestos pero necesarios demonios.  Cuánto daría ella por tener las fuerzas necesarias para tomarme de la cintura con energía, hacerme rodar por el piso, aplastarme con su peso y sublimarse en mi cuerpo… pero es sólo ella, con diez centímetros y veinticinco kilos menos que yo, con brazos delicados y tersos que sólo le alcanzan para estrecharme y pedirme que la ame, y es en esos momentos cuando más necesito pensar que es José quien está ahí, en su lugar, y de desesperación me convierto en él, y Desirèe soy yo.  Y la bebo con locura, como José lo hizo, la beso, me hundo en su rostro esperando emerger al otro lado del espejo mirando la realidad de forma diferente.  Pero una y otra vez emerjo a la laguna de sus ojos, y yo sigo siendo yo, y ella no sé quien será, es un fantasma lánguido, de mirada enigmática, de pecho turgente, de entrepierna vacía donde me froto con fuerza esperando sentir el florecer de su sexo, pero sólo adivino la eterna ausencia donde deberé zambullirme una vez más para comprobar que la sigo amando, como una vez amé a José.
 
¿Quién eres?  ¿Porqué sigues aquí?  ¿Acaso no me temes?  Soy yo, soy el maldito, la peste, soy quien hace bromas crueles esperando que te canses de mí, y también soy el niño angustiado que te pide perdón una vez y otra vez y otra vez, acurrucado en tu regazo, y mientras las caricias de tus dedos hurgan en mis pensamientos, éstos escapan por tus muslos, naufragando en el televisor, hologramas de tonos sepia envolviendo la respiración.
Canción de cuna, escucho su rumor, tibio arrullo maternal, mientras los humores del cuerpo siguen circulando y esa prolongación de mí crece dentro de ella.  Con mi oído en su vientre, puedo escucharlo, puedo hablarle, y pensar que pudo ser nuestro, de ella, de él y mío, entre la fantasiosa idea de compartirlo con la persona que más me amó.
José, ¿porqué no estás acá?  Necesito tus muslos para reposar del agotador día, de salir a enfrentarme a la humanidad, necesito sacudirme el tedio de lo cotidiano, y en lugar de ello, termino empantanado en la culpa, sin las palabras correctas, pidiéndole perdón a Desirèe por retenerla junto a mí, por darle el hijo que quiso desde los inmemoriales tiempos de casitas de muñecas;  y ella —sagrada virgen que concebirá por obra y gracia del Espíritu Santo— me otorga su perdón sin saberlo.
Fui tu Gabriel, pequeña Desirèe.  Tú, la amada, la deseada, la de voluptuoso modo de caminar, me escogiste como tu ángel que anunciaba el final de los tiempos del eclipse.  En tanto que todos corrían a esconderse del fenómeno, tú caminaste a mi encuentro y liberaste mis alas.
¿Cuánto tiempo caminamos juntos?  No lo recuerdo.  A tu lado, nervioso, descubrí que también podía proteger.  Criatura débil, me enseñaste a ser fuerte.  Por eso me quedé aquí, por eso sigo caminando a tu lado, y por eso en ocasiones te llevo en peso, a ti y a nuestro hijo aún no nacido que crece en tus abismos, y que un indescifrable arcano determinó que habrá de tener la mirada y la forma de reír de José, lejano hombre que me amó como nadie, y a quien nunca conocerás.
Devórame, arráncame la piel a jirones, despójate de tu cuerpo y seamos uno, borremos las diferencias que te hacen mujer y a mí hombre.  Desirèe llora, y en sus delirios inconfesos me redime de lo que algunos juzgan mi pecado, cura mis alas con la esperanza de que algún día mi mirada se quede en ella, pero no lo logra; paso a través de sus pupilas y vuelo solitario en medio de la tormenta que su neuroquímica desata sobre mí, sin afán de abatirme, sino con el deseo de que anide en ella una vez más.  Pero no es necesario, no es realmente necesario que tu cielo oscurezca ni que retumbes entre las pausas de cada relámpago.  Siempre vuelvo a tí, a tu continente seguro, a las colinas tibias de tu pecho, y me quedo ahí, con tormenta o sin ella, y mientras alimento a tus corceles me miras extrañada y me invitas a pasar.
Ayer vi nuestras sombras, proyectadas en la pared que prometí pintar hace seis meses.  Me turbó el no poder saber cuál era la tuya y cuál la mía.  Se fundían por momentos, a ratos se separaban, jugaban sobre nosotros con una baraja marcada dos veces, y mientras tú y yo nos quedábamos quietos, escuchando a los vecinos gritar un gol de no sé que campeonato, las sombras celebraban.  Al rato se acordaban de las leyes de la física y regresaban a nosotros, se ponían en su lugar de siempre y fingían para darnos gusto, ignorantes que todo el tiempo las he visto marcharse de juerga con José, el alma de la fiesta, el hombre de mundo que a fuerza de brindis y empellones se quedó por siempre atrapado en los muros de este enorme castillo de fábula.
Hoy desperté y estabas abrazada a mi espalda, con los labios yertos por el sopor rozando mi piel.  Quise darme vuelta para poder mirarte al rostro y decir que te amo, pero sólo atiné a asirme de la mano que reposabas en mi pecho, y a besarla despacio, mientras me doy cuenta de que ya no somos Desirèe, ni José, ni yo mismo, ni un niño que vendrá al mundo sin estrella ni pesebre.  Somos sólo nosotros, y eso basta."
 
 

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