Pajas mentales diversas

Acerca de ser un muñequito antiestrés

No es fácil ser un muñequito antiestrés. No es fácil ni divertido la mayoría del tiempo, ni siquiera inteligente.
No es esto una declaración de principios –ni de finales, diría un cínico– o una incesante queja sobre el destino.
La verdad es que no soy el puto muñeco antiestrés de nadie, no debería ser así, a menos que yo lo elija, y sin embargo, he tenido que llevar con ironía esa percepción que he dado a mis relaciones en los últimos años. Personas erróneas, nunca supe elegir. Relaciones envueltas en pesar, mentiras concertadas, noches de pasión y días de soledad. Soledad para ellas, claro.
Las pocas personas buenas, desinteresadas, cariñosas, y sin carga de malicia, como mi mas reciente pareja, las he apartado de mi camino, y ahora, al mirar atrás y ver lo bueno que he dejado, debería sentirme culpable, y al mismo tiempo aliviado, en el sentido de que no les arrastraré conmigo. Es lo correcto, lo que debería sentir, lo que se supone que alguien humano debe sino sentir, al menos expresar.
¿Qué hay ahora delante? ¿Algo más que amigos de juerga y risas vanas?
¿Vale la pena correr al auxilio de un amigo cuando ninguno miró hacia mí mientras estuve al borde del abismo?
Tengo una agenda plagada de teléfonos, fotos, mensajes sin sentido ni ortografía, citas, besos lascivos, promesas de fin de semana, frases de piedad, halagos huecos, piropos gastados, y entre tanto, lo poco bueno se va ahogando entre la maleza, y he olvidado como separarlo del resto.
Cambio de registro, basta de letanías, lo gracioso del tema es que he vuelto a manipular como acto automático, sin mayores pretensiones que observar el comportamiento humano. Por ejemplo he terminado analizando a mi psicóloga de turno, y es más fácil que ella me hable de sus hijos, su matrimonio, o compañeros de profesión. Pequeñas pinceladas, es cierto, pero que han sido suficientes para esbozar su mundo. Ese mundo de allá afuera. Vano asunto, lograr que sonría nerviosa mientras yo tejo pequeñas tramas para mantenerla ocupada.
Y soy capaz de recordar a mi familia, echarla de menos a fuerza de costumbre, soy capaz de tener contactos sociales, ser bueno en mi trabajo, divertirme en ello, ayudar cuando puedo a mis “amigos”, y entender que debería sentirme un mierda cuando no recibo mucho en reciprocidad, si debería sentirme mal ante la muerte o la enfermedad, y soy capaz de hilar frases que queden bien y hasta conmovedoras para el oxidado gusto vulgar de la mayoría. Soy capaz de eso y más, de saber que lo correcto es sentirse jodido si haces daño a alguien que te quiere, porque así nos han educado.
¿Pero entonces… porqué mi angustia no tiene nombre ni rostro? ¿Porqué no tiene momento oportuno para asaltarme? ¿Porqué realmente hoy no siento nada por nadie?
Y lo más irónico… ¿porqué me pregunto estas cosas, si sé que seguiré representando la farsa cuantas veces haga falta, para seguir sumergido en el anonimato?
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